No sé por qué, ni cómo y cuando tres genios me convidaron a asistir a una cita que ellos hacían con cierta frecuencia: Rutas en bici, que aquel que no ha ido, por mucho que se lo expliquen, jamás podrá entender.
Un maestro dijo una vez, que la vida eterna sólo dura un rato. Aquel viaje fue ambas cosas. Eterno y un rato.
Esta vez se apellidaba Lagos de Covadonga. Y yo, como llevo haciendo toda la vida, me apunté sin tener muy claro donde iba, ni lo que significaba enfrentarse a una montaña infinita con tus piernas como única herramienta.
La bici fue lo de más y lo de menos. La ruta en coche, la llegada al hotel, la primera cena descubriendo que mi mejor amigo era un maestro eligiendo buenas compañías.
Como decía aquella canción… desde el primer minuto sentí que los amigos de mi amigo eran mis amigos. La conexión y la sidra no tardaron en llegar.
Yo que en la juventud siempre me sentía un acoplado al salir de mi entorno, alli me sentí en casa.

Llego el sábado. A las 6:00 sonaba la alarma en el iPhone de Juancho. Tal y como habíamos acordado la noche anterior… bajamos a la habitación de Rafa y Juan a las 6:30h. Lógicamente seguían sobados, aquello me dio mucha información. Juancho, previsor entre los previsores, políticamente correcto entre los correctos, también sabía rodearse de gente como yo. Quizá del lado más desastre de la baraja. Ya solo eso me enamoró. No estaba acostumbrado a torear con gente que fuese a una carrera como al bar de la esquina.
Llámame loco, pero estaba disfrutando todo mucho, el desayuno, la cena del viernes al llegar, las palabras de Rata suplicando una primera y última copa antes de besar la almohada. Si el jueves no hubiera dormido 3 cortas horas, aquella noche habría encontrado en mi, al mejor de los aliados.

Y sí. Has acertado, lo que ves en los platos es pote asturiano y estaba sublime.
Sigamos…
Disfruté como un enano incluso lo que vino después… pese a que el grado de sacrificio y esfuerzo suponía superar los límites de lo que debería estar permitido. Incluso subiendo aquellas empinadas cuestas de las carreteras de montañas asturianas, que deberian ser ilegales y por las que tantas veces habían transitado con maillots amarillos los Pedros y Migueles, los Delgados e Induranes.
Serían las 8:00 de la mañana y allí estábamos, mis tres espadas vestidos de ciclistas. Lo mio era mas un disfraz que otra cosa porque bajo aquellas pieles nunca habitó un ciclista. Yo era mas un afanado padelero que se había apuntado con mas corazón que cabeza a un plan de amigos, montaña y bici.
Y llegó la hora. Más de 3.500 personas y nosotros cuatro dimos nuestra primera pedalada camino al cielo y al infierno que compartían escenario.

Los primeros 53km fueron bonitos, entrañables, conversación y risas… el antónimo de lo que estaba por venir. Lo que quedaba tenía apellidos mas parecidos a la épica, el sudor y la eternidad.
Lo que pasó hasta el km 111 no se puede explicar con palabras. Vimos incluso morir a un ciclista al que, con la mayor de las energías trataban de salvarle la vida mientras yacía en el suelo de la cima del primer puerto.
Aquello nos dejó muy tocados. Juancho intentaba hablar del tema y de lo cerca que lo había tenido, pero no podía. El nudo de la garganta y las lágrimas que asomaban en los ojos dolidos no le dejaban.
No le conocíamos de nada pero te duele igual. Esto tampoco voy a saber explicarlo, tienes que haber pasado por el costado de alguien que se está marchando para entenderlo. Escuchamos rato después a alguien tratando de explicar que quizá se había salvado. No le creímos y le quisimos creer a partes iguales.
En aquel momento decidí que yo no iba a acabar la carrera. No quería ser el protagonista de aquella escena en el siguiente puerto. Pero tampoco cumplí aquella promesa. Llegó el segundo puerto. Increíblemente duro pero mas suave que el primero y empecé a escuchar a mi cuerpo y mi cuerpo no tenía tanto miedo como mi cabeza. Se encontraba bien.

Escoltado por 3 máquinas que son capaces de subir a las cimas del cielo como si fuese bajada, me creí uno mas. No lo era, pero lo fui.
Juan, capaz de ganar a Pogachar en sus mejores tardes, se ponía al ritmo de los mortales para acompañarme. No contaba con una cuerda para tirar de mi o por lo menos no se veía pero su sola compañía me hacía sentir que era él quien me llevaba. Con Rata compartí los eternos kilómetros finales. Que putos grandes tipos me regalo mi hermanito del alma.
Y asi pasó… como pasan las cosas que no tienen mucho sentido. Los 4 pisamos meta. La meta con menos glamour que conocí en 49 años. Allí no había speakers diciendo nuestros nombres, no había familias aplaudiendo… pisabas meta y bajabas, como si hubieras llegado a ninguna parte, eso sí, partido en dos.

Quizá así sea la vida tantas veces… mueres por vivir, vives medio muerto y al llegar, el algoritmo te da la espalda y aquella experiencia no sale el los diarios nocturnos. Solo queda para los que habitaron la cima, esos que se abrazaron al llegar como si hubiesen ganado el más épico trofeos, pero sin medallas ni aplausos.
A nuestra iliada le quedaban mas de 20km de bajadas y alguna que otra subida. En la carrera marcan 111km pero fueron mas de 130 los que nuestras piernas agotadas habían firmado aquella mañana de junio.

El homenaje fue una parrillada brutal, regada por el mejor aceite que he probado nunca, cosecha de uno de los presentes, que por lo visto posee el negocio del oro que algunos llaman olivas.
Y que mas contaros… risas, mas sidra asturiana y mas risas… serían las 17:00 cuando tomamos carretera sin manta y pasamos las últimos 5 horas hablando de todo lo que cabe en los viajes tan maravillosos como este, pero que tan difícil es de explicar.
Solo puedo acabar este pequeño relato de un gran viaje en con una palabra que solo estos 3 genios podrán entender. Para mí sois maravillosamente RELEVANTES.