Tengo la certeza que de las miles de personas que había en esa sala, el primer admirador de Joaquín era yo.
Entiendo que los demás rían y bailen como si no pasase nada.
Como si no fuese la última vez, que el mas grande poeta y compositor de la historia de la música nos estuviese diciendo que jamás volveremos a verle.
Ayer, como no hay otro modo posible, ante aquella devastadora despedida, no podía respirar. Hacerlo, me parecía simplemente, una ofensa al genio de los genios.
Y mira que aguanté, pasé con una sonrisa por 19 días y muchas otras canciones que me iban subiendo al paraíso e hiriendo el alma a partes iguales.
Pero con Quién me ha robado el mes de abril plegué.
Caí, llene de llanto el estadio y los asistentes subieron a las barcas, se apilaban raudos en los salvavidas para refugiarse del tsunami de lágrimas que, sin verlo venir, yo acababa de provocar.
En aquella canción me transporté a aquel pasado de hace mas de 3 décadas donde escuchaba al mayor de los genios. El mundo está lleno de ingenuos que dicen que no existe la máquina del tiempo. Pobres.
Allí estaba yo, escuchando hace 30 años y 30 años después, quien me ha robado el mes de abril. Los 2 Gonzalos juntos. Llorando. Recordando como empezó todo y como termina.

Pese a todo… me levanté, como en las grandes gestas madridistas cuando todo está perdido. Sequé mis lágrimas y salté, reí y volví a enloquecer con el poeta.
Bailaba con el corazón a 200 y miedo a acabar en el hospital. Afortunadamente la señora de detrás que lo vio, y entre risas me dijo: Relaja un poco (aunque para entonces ella ya sabía que era imposible). Acto después me susurró: No te preocupes, soy medico y mi hija también. Me dejó mas tranquilo. Pero no os preocupéis por mi, ese miedo a que el corazón estalle ya lo he vivido en muchas noches de Champions. El que lo vivió lo sabe. Si no pasaste por ahí, déjalo, no trates de entenderlo, no merece la pena.
Estaba viviendo uno de los mejores conciertos que viviré jamás. Aunque con una piedra en el zapato, con una espina clavada en el alma… rocié de besos a mi mujer y a mi adorado Hichi al que abrazaba como si tampoco fuese a volver a verle mañana, pero me faltaba alguien. Éramos 6 en aquellas butacas, sabíamos que estábamos compartiendo una de las noches mas mágicas y brutales de la historia, pero me faltaba alguien.
Me faltaba mi alma gemela, el que me eleva en los conciertos, me abraza en las heridas, me cuenta historias de Enrique y Joaquín y me quiere pese a haber conocido lo mas profundo de mis sótanos. Me faltaba él. Esa estrella fugaz que no se fuga.
Y asi… mirando al cielo, acordándome, como me pasa siempre en las grandes citas, de mi abuela, mirando al cielo, llegó el final.
En las 3 últimas canciones me senté. Quizá era el único en la sala que lo hizo. No podía mantenerme de pie. Perdóname flaco. Aguanté todo lo que pude. Pero en Princesa, me volvió a suceder lo mismo que hora y pico atrás había pasado con …mes de abril. Lloré con lágrimas incontrolables como las que se aproximan a una catarata queriendo retroceder, era imposible.
Y así fue como la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
Que pena.
Solo me queda agarrarme a aquello que otro genio dijo una vez:
No llores porque terminó, sonríe porque sucedió.



